Estamos viviendo un singular momento histórico en el que todas las instituciones humanas parecen estarse desmoronando; las certezas y promesas de progreso, libertad, igualdad y fraternidad (paz) no han sido una realidad para la mayoría de seres humanos y los grandes edificios ideológicos, políticos o religiosos que prometían un mundo utópico explotaron en infinitos relatos que dieron origen al reconocimiento y valoración de la diversa y plural sinfonía que representa al género humano.
Más recientemente, las certezas de un mundo compartido, articulado y regulado por instituciones multilaterales ha sido cuestionado y atacado, lo que sumado a las amenazas contra la vida derivados del impacto de la acción humana sobre el planeta (antropoceno) presentan, entre muchos caminos, una dicotomía entre aceptar el fracaso del proyecto humano o crear un nuevo renacimiento.
En ese contexto la Universidad y toda institucionalidad inspirada en ella, también es interpelada; un Sociólogo portugués caracteriza su triple crisis como de hegemonía, institucional y de legitimidad, por su incapacidad de responder a su misión y a las cada vez más numerosas funciones que se le asignan en una irresoluble tensión entre el ejercicio de su autonomía y las demandas externas sobre sus responsabilidades con la sociedad.
A pesar de este llamativo y preocupante paisaje e inmersa en estas realidades abrumadoras que anuncian una crisis civilizatoria y ante las interpelaciones que recibe, la universidad parece haber perdido su capacidad de pensar sobre su propio quehacer y actuar proactivamente en consecuencia con las cambiantes y vertiginosas realidades actuales.
La fábula de la rana en el caldero cuyo imperceptible aumento de temperatura termina por cocinar al batracio sin que pueda reaccionar a tiempo, se puede predicar no solamente sobre el calentamiento global sino en relación con todas las amenazas contra la forma de vida de la sociedad como las conocemos. Es posible que la desesperanza aprendida, la apatía y la enajenación se hayan apoderado de una humanidad que se siente impotente para emprender acciones para detener el inminente colapso creado por un poder concentrado como nunca antes lo conoció la humanidad.
En gran parte de la amplia geografía universitaria se ha perdido de vista su misión original de crear un ambiente de libertad de pensamiento propicio para el ejercicio autónomo de la razón sin injerencias de poderes o de actores externos, como condición necesaria para pensar, indagar, cuestionar, descubrir, inventar, enseñar y aprender en la búsqueda la verdad.
Esta misión de la universidad, actualizada por la ilustración en el siglo XVIII cuando el pensamiento moderno, en un proceso de secularización, se emancipó de las verdades del dogma cristiano y empezó a confiar en las capacidades de su racionalidad, pero a principios del siguiente siglo Napoleón le dictó un nuevo norte al Alma Mater: formar los profesionales que necesitaba el estado imperial y a esa tarea profesionalizante se sumó el dictamen de Humboldt de sumar a la enseñanza la investigación para la búsqueda de la verdad.
En el siglo XX, de la revolución cubana, de mayo del 68, de la luchas por los derechos civiles representadas por la emblemática figura del Reverendo Marthin Luther King se demandó de la Universidad que tomara los problemas de la sociedad como objeto de estuio e investigación, dando lugar a la tercera función misional que hoy se mantiene: la proyección social.
La anterior centuria también legó a la universidad la tarea primordial de preparar a los países de todo el orbe en las compentencias y para la competencia, la competitividad y la productividad, de modo que se pudieran ubicar de manera adecuada en el concierto de la globalización económica.
La búsqueda de la verdad, la congregación de la más excelsa intelectualidad, de científicos y humanistas de la sociedad en sus claustros derivó en un prestigio y reconocimiento social incondicional que fue pronto sustituido por la rendición de cuentas a los inversionistas y a los organismos financieros transnacionales que condicionaron sus desembolsos a los estados y a sus instituciones a que adaptaran un modelo universal funcional a la globalización y a sus intereses.
En un mundo que ya se reconoce pluriétnico y multicultural, y en el que se caen las máscaras de naciones poderosas que sembraron desestabilidad, pobreza y violencia, en nombre de la democracia y de las libertades, las naciones subordinadas y subyugadas de la tierra que se autoreconocen como el sur global empiezan a buscar nuevas formas de organización; nuevas institucionalidades y nuevas alianzas estratégicas.
A las universidades de países periféricos de ls centros de poder, hoy las epistemologías del sur, de una la necesidad de una educación no para la regulación y la alineación con el orden mundial que se presenta a sí mismo como el último y verdadero e inmodificable al decretar el “fin de la historia” que cierra la discusión y acalla la voz de otros relatos.
Las sociedades subordinadas deben explorar otro relato de la historia: indagar en su
pasado ancestral y en su presente las ideas que les permita emanciparse de un destino presentado como inamovible; cuestionar la banalización del sufrimiento y desestabilizar el presente para buscar un mejor futuro para sus naciones.
A la universidad
emancipadora que cuestione la banalización del sufrimiento y desestabilice el presente para buscar un
futuro
Recupera, reivindicar y legitima otros modos del saber, otras ciencias sociales buscando justicia cognitiva y reparación del epistemicidio que han sufrido sus pueblos originarios y sus comounidades de conocimiento y de saber.

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